Ya sin hacer diferencias de sexo, pues las hubo walkirias y amazonas, igual que hubo hermandades de hombres, los guerreros están llamados siempre al sacrificio de sí mismos. Mientras el político hablará del bien para la mayoría, aunque haya que sacrificar a algunos y quede él siempre en su lugar, el guerrero se entregará a sí mismo al holocausto, para la gloria de todos.
No hay nada más molesto que un guerrero en tiempos de paz, es un gasto innecesario y ociosos, se vuelven hasta impertinentes.
Sin embargo qué rápido los llamamos cuando el peligro acecha, tan rápido como antes los habíamos despreciado.
Hasta es paradógico que los grandes maestros de la humanidad, como Siddharta Gautama, Krshna o hasta el mismo Jesus (de la casa de David) fueran de casta guerrera.
Asombrosos y al mismo tiempo, temibles y terribles, todos ellos han destacado porque la historia, finalmente, los honra, aunque no siempre les hace justicia.
La historia, repito, se ha encargado de destacar a personajes como Napoleón, Alejandro de Macedonia y Julio Cesar cuando, en verdad, tal vez no empuñaron nunca una espada en combate y fueron, sí, crueles depredadores.
Por otra parte. el guerrero siempre está en la posibilidad de ser mal juzgado, según al amo que sirva, mientras que, si no sirve a ninguno, como los ronin japoneses, será despreciado y considerado casi como un mendigo.
Si acepta en un momento aciago, resolver una cuestión de vida o muerte, guardará para sí el castigo por los errores cometidos, mientras que el político que pidió la ayuda tendrá mil razones para no apoyarlo. Así ha sido siempre.
Pero lo más grave, es que tiene que vivir con el recuerdo de sus acciones, cuando pocas veces posee la preparación interior como para evaluarlas correctamente.
Para, tal vez, llegar a un punto medio armonioso que justifique su proceder, debe encontrar “la espada que da vida”, es decir, ese acto que, provocando la muerte de alguien, salve la vida de muchos otros.
Para esto será necesario que adquiera la sabiduría como para evaluar qué es lo correcto y necesario en cada caso, sin dejarse influenciar por aquéllos que obran siempre por conveniencia.
Y estar preparado, luego, para la persecución y la proscripción.
Esto de lo que os hablo hoy no es un hipotético caso en situación de guerra, es el fenómeno que vivimos en cada acto cotidiano en el cual debemos tomar partido.
Lo vivimos detrás de un fusil, pero también sentados en un escritorio, porque existir de acuerdo con la verdad es una guerra constante, que nunca acaba.



