Hace cincuenta años, en Sabana Grande, Puerto Rico, cinco niños del campo, al salir de la escuela y cerca del pozo natural, se encontraron con Nuestra Señora. Durante varios días, la virgen les habló y entregó su mensaje de advertencia, para una isla que, muy pronto, sería azotada por el más destructivo e irrespetuoso desarrollo urbano a que se podía someter a este monte sagrado. Lamentablemente el caos de los desarrollistas sobrevino sin que nadie se opusiera. El lugar de la aparición fue monopolizado por una forma de cristianismo, el pozo sagrado encerrado entre rejas…

Este relato, como muchos otros que he oído, auténticos, pero muchas veces malinterpretados, es uno más de los miles en los cuales la Madre se ha presentado para aconsejarnos y protegernos.

Esto ya no es una cuestión de fe, cuando tienes una o varias epifanías, se vuelve un asunto de certeza.

La epifanía rompe con el murmullo de la lógica especulativa, arrastra nuestra filosofía por el piso, destruye toda evaluación racional.

Se crea como una especie de onda vibratoria que te alcanza en varias etapas de tu vida, aunque ya no la veas, porque no posees la pureza del niño, la sentirás a tu lado, te protegerá, te alzará por los aires, cortará maleficios y daños.

Hoy en día, cada vez que la vida me lleva por esos caminos sinuosos que parecen hacernos desesperar, siento su mano tibia sobre mi hombro, como cuando, de niño, me sacó de las fauces de la muerte. Me acompañó, en la trinchera, en el llanto, en el segundo fatídico del suicidio, en el abandono, la tristeza, la pérdida… y el huracán…

Y cosas como esta, me hacen pensar en el valor de toda nuestra búsqueda en el campo del conocimiento, científico y esotérico, búsqueda que siempre nos conduce a caminar en círculos, porque a cada nueva respuesta, le sigue otra pregunta. Por los siglos de los siglos, según establecido en la rueda de Jehová,

Todo lo que conocemos son juguetes del Señor del Mundo, juguetes deformados y mentirosos, sólo su mano es realidad.

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