Había una vez un señor llamado Pedro Larrusa, que era pobre y tenia una familia conformada por su esposa Argentina Lagos y varios hijos de diferentes edades. Algunos de sus hijos trabajaban pero otros eran demasiado pequeños para hacerlo.

Como fuera, los ingresos de la familia completa eran magros y a pesar de sus esfuerzos, no lograban alcanzar sus metas económicas.

Pero una mañana, Pedro despertó inspirado. Había descubierto cómo resolver sus problemas.

Desempolvó una vieja máquina de imprimir que encontró por ahí y comenzó a fabricar su propia moneda. Declaró, dentro del ámbito de su familia, que esta moneda era más valiosa que la que se usaba regularmente en el país.

Los hijos que tenían ahorrado algo de dinero se apresuraron a cambiar sus ahorros y sus sueldos recién cobrados por la nueva moneda. Pedro abrió una cuenta en un banco a su nombre y guardo ese dinero en ella. Todos los meses sus hijos cambiaban el dinero de su esfuerzo por la nueva moneda.

Pedro dejo de trabajar y se dedicó solamente al cambio de moneda.

Los ingresos de la casa bajaron, pero iban todos a la cuenta de Pedro.

Pedro le daba dinero a su esposa para las compras, pero ni el carnicero ni el supermercado lo aceptaban. Entonces Pedro declaró que habían sido bloqueados por el gobierno capitalista.

Comenzaron a cultivar alimentos en su pequeño jardín, pero eso no alcanzaba para llenar sus platos y sus estómagos.

Los hijos que no trabajaban recibían altas mesadas, pues Pedro no necesitaba más que imprimir más dinero para mantenerlos contentos. Pero los que trabajaban comenzaron a sentir que habían sido estafados.

Un día la familia se unió y decidió echar de la casa a Pedro.

Lo que sucedió es que Pedro se fue, pero habia reunido mucho dinero real en el banco. En cambio la familia estaba pobre y endeudada, su dinero no valía nada y tuvieron que pactar con el carnicero y el supermercado para que les vendieran a crédito, mientras se recuperaban.

Los hijos menores, que nunca habían trabajado, protestaban por esta situación y reclamaban por la vuelta del padre.

Esta corta historia intenta explicar muy superficialmente el mecanismo y los efectos de la monetarización en un país, clásica herramienta de los gobiernos llamados populares.

Mi país, Argentina, cayó por doce años en manos de un gobierno popular. Los populares apoyan a regímenes como los de Castro o Maduro y argumentan que lo que se dice de ellos es propaganda de los países capitalistas.

No han comprendido que socialismo es el de Rusia, el de Francia y el de los países nórdicos, no los de Cuba o Venezuela, que son, en verdad, tiranías populares.

Mi país, Argentina, está condenado por esta creencia sostenida por una parte de la población que no escucha, no lee, no se educa y tampoco piensa por sí misma.

Para ellos es más fácil echarle la culpa al Monstruo del Norte que comprender que el mundo tiene un mecanismo, que aunque no es bueno, es el que lo rige.

Tal vez debiéramos aprender cómo funciona esa maquinaria a la que muchos llaman la matrix y de qué forma podemos modificarla, pues allí reside el verdadero problema.

Mientras los pueblos sigan divididos en partidos (y esto aplica no sólo a Argentina, sino a casi todos los países pobres) y concentrados en lo que la propaganda le dice, no podrán resolver el problema real, que requiere de esfuerzo, inegoísmo Y APRENDER A ESCUCHAR.

Desde Houston, Texas