A diferencia de todas las anteriores, fueran o no de laboratorio, fueran o no armas biológicas, la presente cepa del CORVID19 nos ha hecho pensar, a muchos, en los límites de nuestra libertad.

Esta vez el poder ha puesto en el escenario a todos sus representantes, como si estuviera jugando una batalla decisiva.

Ejército, prensa, estado de sitio blando, elemento de distracción mediático (la pandemia), alerta sanitaria, paro restricto de actividades, conforman un paquete que en algunos casos esconde, en los otros apoya, una movilización de fuerzas conducentes a un objetivo que todos ignoramos.

Algunos ciudadanos respondieron con la compra de armas, pero creo que lo hacen más como medida de seguridad contra sus conciudadanos que porque prevean la necesidad de moverse dentro de los términos de la segunda enmienda.

En este sentido la atención de los informantes de la linea conspirativa han sido desviados hacia determinar si el virus existe o no, si la epidemia es tal. Pero déjenme decirles que eso es lo de menos. Lo que no sabemos. Eso. Es lo de más.

Estudiando hechos del pasado remoto, para mi nuevo libro CRÓNICAS DE LOS CONDENADOS, he arribado a ese punto desagradable donde compruebo una vez más, que fuimos desarrollados para ser esclavos, animales de trabajo.

Y que se nos inculcó una cultura que nos muestra un universo benévolo en principio, creado por un Dios justo y una Tierra perfecta, cuyo goce arruinamos “por querer ser como dioses“, sea lo que sea que eso signifique.

Sin embargo el universo no es tan benévolo cuando vemos agujeros negros devorando galaxias enteras, estrellas explotando con todo su sistema y llegamos a la conclusión de que, probablemente, muchos de ellos estuvieran habitados.

En cuanto al Dios… pues… maneja un criterio de bondad y justicia que sólo él comprende y que es una espada de Damocles en la nuca de todos los que habitamos este planeta.

La Tierra, en tanto es un sistema silvestre donde todos se comen a todos, como única forma posible de sobrevivencia.

Si hay un Dios amoroso y un universo de bondad… deben estar mucho más allá.

Si atendemos a algunas teorías arqueológicas recientes, parece que hemos sido víctimas de la conquista de unos seres alienígenas de horrible conducta, los annunaki como indican las tablillas sumerias o su equivalente bíblico, los elohim.

Sin embargo, según el análisis del genoma, parece ser que los habitantes originales de la Tierra fueron las razas negra y roja (paradójicamente los mejor adaptados a la vida en este planeta), mientras que las razas amarilla y blanca descendemos de los invasores annunaki o sus vigilantes (los nephillim de la biblia).

En la actualidad, sin embargo, ya no podemos hablar de razas puras, de manera que toda determinación genética de función o habilidades está completamente mezclada.

En el libro vamos a abundar en detalles, incluyendo la determinación de las dos grandes guerras que hubo en el Cielo; pero ahora me interesa más profundizar en las características de nuestra naturaleza.

Nacidos para ser esclavos, decíamos, pero algunos con la capacidad de ser guerreros.

Guerreros-esclavos.

Y entonces vemos esa cadena de sucesos de todos los hechos históricos, donde el lider (rey, amo) conduce a sus esclavos (soldados y siervos) a una contienda donde por lo general, la sangre derramada es la de estos últimos.

Triste condición que se repite, siglo tras siglo, sin que podamos hacer nada para cambiarla.

Porque, además de la condición en sí misma, el amo se las ha rebuscado para que el propio esclavo le trabaje, de gratis, como policia. Y no me refiero solamente al uniformado sino al civil odiando, linchando, acusando, reclamando y actuando en base a lo que ignora.

Muchos somos los que nos sentimos asfixiados con esta forma de vida, lo cual no va a cambiar aún cuando después del corvid19 la sociedad experimente una mejora económica importante.

Supongo que somos los del ADN resilente, que ha vuelto a la memoria de su origen luego de haber sido modificado para olvidar… y por eso la prisa en meternos vacunas… para que volvamos a olvidar..

Centinela.