Quisiera sentirme neutral, frío, pero en estos momentos mi corazón arde de coraje.
La helada tozudez de los inhumanos directores de esta orquesta que ejecuta la música más horrible de todos los tiempos. Mercaderes de muerte, chapuceros, artífices de la mentira.
La tonta fijacion de los súbditos que enarbolan diferentes banderas con bordes afilados como hojas de afeitar.
Y pensándolo bien, el que más me lastima es el amigo que me exige que piense distinto, el que se pone a sí mismo como ejemplo de la verdad y humanismo.
Los dogmatismos no caben en un universo atemporal e infinito, no caben en un cosmos increado donde todo es parte del todo, donde Krishna, Jesus, Buda y Mahoma juegan a las figuritas contigo y conmigo. Y alli, en el juego, participa hasta Darwin…
Tal vez llegó el fin de las criaturas ilustres, para dejar paso simplemente a las criaturas.
Por eso me convence más mi amiga silvestre que el comandante de la flota estelar.
Tengo un vago recuerdo de otros mundos, suficiente como para saber que no soy de aquí, pero que, al mismo tiempo, estoy unido al destino de la humanidad por un inexplicable amor.
Las banderas filosas son hijas de la vanidad, si enarbolas alguna, no te extrañes de que, a tu paso, quede una estela de sangre…
Centinela
