El problema no es cuánto puede hacer la máquina. El problema es qué dejamos de hacer nosotros cuando la máquina puede hacerlo.

Durante miles de años, el ser humano ha construido herramientas para superar sus propias limitaciones.

El martillo multiplicó la fuerza de la mano. El arado multiplicó nuestra capacidad para transformar la tierra. El telescopio llevó nuestra mirada hasta lugares que nuestros ojos jamás habrían podido alcanzar. La escritura permitió que la memoria sobreviviera al individuo. El automóvil multiplicó la distancia que nuestras piernas podían recorrer.

Nunca pensamos que el martillo venía a sustituir nuestro puño, ni que el telescopio significaba la desaparición de nuestros ojos.

Los entendimos como extensiones de nosotros mismos.

Sin embargo, ante la inteligencia artificial aparece un temor diferente: que la herramienta ya no amplíe al ser humano, sino que termine sustituyéndolo.

Tal vez estamos formulando mal la pregunta.

El problema no es cuánto puede hacer la máquina.

El problema es qué dejamos de hacer nosotros cuando la máquina puede hacerlo.

La diferencia entre sustituir y potenciar

Utilizo inteligencia artificial diariamente.

No lo hago porque quiera que piense en mi lugar. La utilizo precisamente porque quiero disponer de más tiempo y más recursos para desarrollar mi propio pensamiento.

Si estoy analizando las estadísticas de mis publicaciones, una inteligencia artificial puede examinar decenas de cifras, compararlas, descubrir variaciones y ofrecerme una interpretación. Yo puedo llegar a una conclusión diferente.

No tengo por qué escoger entre ambas.

Puedo confrontarlas.

La máquina observa una relación; yo conozco una circunstancia que ella no había considerado. Mi observación modifica el análisis. Su respuesta me hace reconsiderar la mía. Finalmente llegamos a una interpretación más rica que cualquiera de las dos iniciales.

¿Quién pensó entonces?

Yo pensé.

La máquina procesó, relacionó y argumentó. Yo hice lo mismo desde mi experiencia y mi percepción. Después confronté ambos resultados.

No delegué mi juicio.

Lo amplié.

Un exoesqueleto para el intelecto

Me gusta imaginar la inteligencia artificial como una especie de armadura cibernética.

Un exoesqueleto no elimina a la persona que se encuentra dentro. No reemplaza sus músculos para convertirla en un objeto inútil. Recibe sus movimientos y multiplica su capacidad.

Pero alguien continúa dentro de la armadura.

Alguien decide hacia dónde caminar.

La inteligencia artificial puede desempeñar una función semejante respecto de determinadas facultades intelectuales.

Puede buscar, clasificar, comparar, resumir, traducir, calcular y encontrar relaciones entre cantidades inmensas de información. Puede realizar en segundos ciertas tareas que anteriormente habrían requerido horas.

Eso no tiene necesariamente que reducir nuestra capacidad intelectual.

Puede liberarla.

Durante siglos, una parte considerable del trabajo intelectual no consistió realmente en pensar, sino en encontrar aquello que necesitábamos para poder seguir pensando.

Conozco, por ejemplo, muchos textos religiosos y filosóficos que he leído a lo largo de mi vida. Puedo recordar una determinada idea de los Evangelios, de los sutras budistas o de los Upanishads y, sin embargo, no recordar inmediatamente el capítulo, el versículo, el sutra o la traducción donde aparece.

Antes debía buscar libro por libro.

Ahora puedo pedir a una inteligencia artificial:

Sé que existe una enseñanza semejante a ésta. Encuéntrala. Comprueba si mi recuerdo es correcto. Muéstrame dónde aparece y distingue, si es necesario, el texto original de las interpretaciones posteriores.

Mi conocimiento no desapareció.

Mi pregunta tampoco.

Lo que desapareció fue una parte considerable del trabajo mecánico necesario para comprobarla.

Por supuesto, la inteligencia artificial puede equivocarse. Puede confundir una traducción, una interpretación o incluso una atribución. Cuando una referencia es importante, debe conducirnos hacia una fuente verificable, no convertirse ella misma en la autoridad.

Pero ése es precisamente otro ejemplo de la diferencia entre utilizar una herramienta y someterse a ella.

No le entrego mi pensamiento

Hay una frase que resume bastante bien mi relación con esta tecnología:

No le entrego mi pensamiento a la inteligencia artificial. Le entrego parte del trabajo que me impedía dedicar más tiempo a pensar.

Ésta es una distinción fundamental.

Delegar una tarea no significa necesariamente delegar la facultad que decide el sentido de esa tarea.

Puedo utilizar una calculadora sin entregarle mi comprensión de las matemáticas. Puedo utilizar un GPS sin renunciar a decidir adónde quiero ir. Puedo utilizar un buscador sin pedirle que determine qué merece mi interés.

Y puedo utilizar inteligencia artificial sin entregarle mi conciencia.

El peligro aparece cuando confundimos ambas cosas.

La herramienta amplifica aquello que encuentra

Existe, sin embargo, una dificultad que no deberíamos ignorar.

Una herramienta de amplificación puede amplificar también nuestras carencias.

Quien quiera utilizar la inteligencia artificial para aparentar conocimientos que no posee encontrará recursos extraordinarios para hacerlo. Podrá producir páginas y páginas de contenido aparentemente sofisticado sin haber comprendido realmente aquello que publica.

Quien quiera evitar el esfuerzo de pensar encontrará una máquina dispuesta a producir respuestas antes de que haya terminado de formular sus propias preguntas.

Pero la misma herramienta, colocada en manos de alguien que desea investigar, contrastar, cuestionarse y aprender, puede multiplicar extraordinariamente su capacidad.

Por eso creo que una de las grandes equivocaciones del debate actual consiste en preguntarnos si la inteligencia artificial nos hará más inteligentes o más estúpidos.

Probablemente pueda hacer ambas cosas.

La herramienta no determina por sí sola la profundidad de quien la utiliza.

La democratización de la potencia no garantiza la democratización de la profundidad.

Una biblioteca abierta para todos no convierte automáticamente a toda la población en filósofos.

La existencia de millones de libros nunca garantizó millones de lectores profundos.

Del mismo modo, colocar una extraordinaria herramienta intelectual al alcance de millones de personas no garantiza que todas ellas desarrollen un pensamiento extraordinario.

Pero sí modifica radicalmente lo que puede hacer quien decida utilizarla para ello.

No preguntarle qué pensar

Quizá podamos entonces establecer un principio para el uso intelectual de estas tecnologías:

Usar correctamente una inteligencia artificial no consiste en preguntarle qué debemos pensar, sino en utilizar su capacidad para poder pensar más, mejor y con mayor información.

Podemos delegar búsqueda.

Podemos delegar clasificación.

Podemos delegar cálculos.

Podemos pedir comparaciones, traducciones, resúmenes, antecedentes, referencias y verificaciones.

Incluso podemos pedir argumentos contrarios a los nuestros.

Pero existe una frontera que deberíamos vigilar cuidadosamente.

La pregunta, el criterio, el significado y la decisión final deberían continuar perteneciendo a nosotros.

Porque cuando delegamos también eso, la herramienta deja de ampliar una capacidad.

Comienza a sustituirla.

Confrontar en lugar de obedecer

Hay además un uso de la inteligencia artificial que considero todavía más interesante que obtener información.

Podemos discutir con ella.

Puedo presentar una idea y pedirle que encuentre sus debilidades. Puedo solicitar una interpretación diferente. Puedo confrontar mi conclusión con un razonamiento estructurado que no necesariamente coincide con el mío.

No tengo obligación alguna de aceptarlo.

Precisamente puedo rechazarlo.

Pero para rechazarlo seriamente debo descubrir por qué lo rechazo. Debo ordenar mejor mi propio argumento. Debo encontrar aquello que la otra interpretación no ha considerado.

Entonces ocurre algo curioso.

La inteligencia artificial deja de funcionar solamente como asistente y se convierte en una especie de superficie de resistencia intelectual contra la cual puedo ejercitar mi pensamiento.

Una máquina que siempre me diera la razón sería intelectualmente mucho menos útil que una capaz de obligarme, ocasionalmente, a revisar mis premisas.

No necesito obedecerla.

Necesito poder confrontarla.

¿Quién está dentro de la armadura?

Quizá por eso el verdadero debate sobre inteligencia artificial no debería centrarse exclusivamente en la capacidad creciente de las máquinas.

También deberíamos preguntarnos qué clase de seres humanos queremos ser cuando dispongamos de ellas.

Podemos utilizarlas para evitar recordar, investigar, analizar, escribir y finalmente pensar.

O podemos utilizarlas para reducir el trabajo mecánico que rodea esas actividades y dedicar más energía a aquello que ninguna herramienta debería decidir por nosotros:

qué buscamos,

qué consideramos verdadero,

qué significado damos a nuestra experiencia,

qué queremos crear,

qué estamos dispuestos a cuestionar,

y finalmente,

qué clase de seres humanos queremos llegar a ser.

El martillo multiplica el golpe.

Pero no decide qué merece ser construido.

La inteligencia artificial puede multiplicar nuestra capacidad intelectual.

Pero no deberíamos entregarle la responsabilidad de decidir qué merece ser pensado.

La armadura puede volverse extraordinariamente poderosa.

La cuestión seguirá siendo la misma:

¿quién está dentro de ella?

Juan Laborde & ChatGPT