El diálogo entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial como instrumento de expansión del pensamiento
Juan Laborde & ChatGPT
Durante siglos hemos asociado el conocimiento con la acumulación. Saber más significaba poseer más respuestas, recordar más datos, dominar más procedimientos. La inteligencia artificial introduce una alteración profunda en esa relación. Cuando una herramienta puede recuperar, relacionar y reorganizar cantidades inmensas de información en segundos, el valor humano comienza a desplazarse: ya no depende solamente de cuánto sabemos, sino de nuestra capacidad para descubrir qué debemos preguntar.
Éste no es un principio nuevo. Desde hace tiempo sostengo una idea sencilla: no se trata de cuánto sabes, sino de saber hacer las preguntas adecuadas. La aparición de la inteligencia artificial no invalida ese principio; lo vuelve extraordinariamente importante. Porque una respuesta obtenida en segundos puede carecer de valor si la pregunta que la produjo era pobre, mientras que una pregunta penetrante puede abrir caminos que ni el ser humano ni la máquina habían recorrido todavía.
LA ESPIRAL
La relación más fértil entre el ser humano y la inteligencia artificial no consiste en pedir una respuesta y aceptarla. Consiste en confrontarla. El humano formula una pregunta desde su experiencia, sus intuiciones, sus dudas y sus contradicciones. La inteligencia artificial devuelve relaciones, objeciones, estructuras y posibilidades. El humano examina esa respuesta, descarta una parte, modifica otra, descubre algo que no había considerado y formula una nueva pregunta.
Entonces el proceso comienza otra vez, pero ya no desde el mismo lugar.
Humano → IA → humano ampliado → IA → humano nuevamente ampliado → …
Por eso la imagen adecuada no es un círculo, sino una espiral. Cada vuelta puede producir un nivel más refinado de pensamiento. La respuesta no constituye necesariamente el final del proceso: puede convertirse en materia prima para una pregunta mejor. Y esa nueva pregunta puede producir una respuesta que vuelva a transformar a quien la formuló.
La inteligencia artificial utilizada únicamente para obtener respuestas puede favorecer la sustitución de ciertas facultades. Utilizada para confrontar nuestras ideas, puede producir lo contrario: amplificación. La misma herramienta puede conducir hacia dos destinos diferentes según la relación que establezcamos con ella.
NO SOMOS PRINCIPIANTES
Los seres humanos ya hemos atravesado transformaciones semejantes. Crecí en una época en la que la informática todavía no formaba parte de la enseñanza habitual en escuelas y universidades y en la que Internet permanecía vinculada a ámbitos especializados. Vi que aquella tecnología iba a cambiar el futuro y comencé a estudiar informática mediante manuales.
Poco después desarrollé para la empresa en la que trabajaba una base de datos destinada a controlar operaciones de compra, transporte, trámites aduaneros y el proceso de comercio exterior de importación y exportación, permitiendo seguir con precisión el recorrido de los embarques. Más tarde desarrollé una aplicación para el control de socios de gimnasios en una época en la que el almacenamiento informático era extremadamente limitado y llegamos a utilizar grabadoras de cinta como soporte.
La enseñanza de aquella experiencia no consiste en presentar la tecnología del pasado como una hazaña, sino en recordar algo que tendemos a olvidar: la humanidad ha encontrado repetidamente herramientas para las cuales todavía no existían manuales sociales, profesiones consolidadas ni sistemas educativos preparados. Primero apareció la posibilidad; después aprendimos a vivir con ella.
Hay, sin embargo, una diferencia fascinante. En aquella primera informática nosotros teníamos que aprender a hablar el lenguaje de la computadora. Hoy, por primera vez a gran escala, la computadora está aprendiendo a trabajar con el lenguaje ordinario del ser humano. Eso reduce una enorme barrera técnica, pero eleva otra facultad a una posición central: la calidad del pensamiento con el que utilizamos ese lenguaje.
TRABAJO, TRANSFORMACIÓN Y UNA NUEVA CLASE DE OPERADORES
Una de las grandes preocupaciones contemporáneas es que la inteligencia artificial sustituya a los trabajadores y produzca desempleo masivo. El riesgo de desplazamiento de determinadas tareas y profesiones es real, y sería ingenuo negarlo. Pero tampoco debemos imaginar el futuro como una simple resta de empleos. Las grandes revoluciones tecnológicas han destruido funciones mientras creaban otras que anteriormente ni siquiera podían concebirse.
Alrededor de la inteligencia artificial está apareciendo una nueva clase de operadores cognitivos: personas que no necesariamente construyen los modelos ni programan sus sistemas internos, pero saben dirigirlos, interrogarlos, comprobar sus resultados, combinar herramientas y convertir sus capacidades en trabajo útil.
Dos personas pueden disponer de la misma inteligencia artificial y producir resultados completamente diferentes. La diferencia estará en lo que sepan pedir, en lo que sean capaces de reconocer como error, en el conocimiento y la experiencia que aporten y, sobre todo, en la capacidad de transformar cada resultado en el punto de partida de una nueva exploración.
Esto puede modificar también nuestra relación con el lugar de trabajo. La industrialización obligó durante generaciones a llevar al trabajador hasta donde estaba la máquina, la fábrica o la oficina. La combinación de inteligencia artificial, automatización, robótica y trabajo remoto puede permitir que, en una parte creciente de las actividades, ocurra lo contrario: que el trabajo llegue hasta donde el ser humano haya decidido vivir.
Pero ninguna transición está garantizada. También existe el peligro de una nueva desigualdad: la distancia entre quienes aprendan a utilizar estas herramientas y quienes queden fuera de ellas por falta de educación, acceso, entrenamiento, edad, circunstancias sociales o dificultades para adaptarse. Si la inteligencia artificial amplifica capacidades, debemos preguntarnos a quiénes amplificará y qué mecanismos construiremos para que esa ampliación no se convierta en otra forma de exclusión.
CORAJE ANTE LA HERRAMIENTA
Las transformaciones profundas producen temor porque alteran lo conocido. Ese temor no tiene nada de extraño. Pero una sociedad no puede construir su futuro únicamente desde el miedo.
Ante una revolución como ésta tienes dos opciones: o te sientas y te pones a llorar, o te pones de pie, tomas la nueva herramienta y te haces grande con ella.
No es una condena hacia quien encuentra dificultades para adaptarse. Es una declaración de coraje. La herramienta existe. Podemos permitir que nos reduzca o aprender a utilizarla para ampliar nuestras posibilidades. El desafío colectivo será conseguir que el mayor número posible de personas tenga también esa oportunidad.
DE PRODUCIR MÁS A VIVIR MEJOR
Si la espiral de amplificación no se limita al individuo, puede convertirse también en una espiral social. El pensamiento ampliado permite imaginar nuevas formas de trabajar; esas formas pueden modificar la organización de nuestra vida; y esa reorganización puede devolvernos tiempo, autonomía y capacidad para elegir dónde y cómo queremos vivir.
Quizá el verdadero progreso no consista en conseguir que cada generación produzca más que la anterior. Quizá debamos utilizar la nueva capacidad tecnológica para preguntarnos qué significa vivir dignamente.
Podríamos reducir desplazamientos obligatorios, automatizar tareas pesadas o repetitivas, trabajar desde lugares elegidos por nosotros, dedicar menos tiempo a operaciones mecánicas y disponer de herramientas intelectuales que antes sólo estaban al alcance de grandes organizaciones. Por primera vez podríamos intentar que la tecnología no obligue al ser humano a adaptarse enteramente a las necesidades del sistema productivo, sino que parte del sistema productivo se adapte a las necesidades de la vida humana.
Pero aquí aparece una frontera que ninguna capacidad de cálculo resuelve por sí sola.
Podríamos tener una vivienda agradable, trabajar desde cualquier lugar, disponer de una inteligencia artificial extraordinaria colaborando con nosotros, dejar las tareas pesadas a las máquinas, producir con mayor facilidad y recuperar una cantidad considerable de tiempo.
Y seguir estando solos.
Porque resolver el trabajo no significa resolver la vida. Ninguna revolución industrial, informática o artificial determina automáticamente cómo debemos amarnos, acompañarnos, formar comunidades, construir amistades o encontrar a alguien con quien compartir nuestro tiempo.
Tal vez la próxima revolución no consista únicamente en conseguir que las máquinas hagan más por nosotros, sino en aprovechar la libertad que puedan proporcionarnos para preguntarnos, finalmente, cómo queremos vivir los unos con los otros.
PRÓXIMO ENSAYO
¿QUIÉN SE SENTARÁ A NUESTRO LADO?
La soledad, el deterioro o transformación de las relaciones humanas y la aparición del compañero virtual, robótico o cibernético como posible sustituto de la pareja, el amigo e incluso la familia.
