La primera dualidad conocida e interpretada por nosotros es la de materia y antimateria. Al parecer nuestro universo proviene de otro que es anti-material. No sabemos que es la antimateria, aunque podamos reproducirla en laboratorio… pero, en verdad, tampoco sabemos lo que es la materia, aunque construyamos muchas cosas con ella.
Podemos decir que la antimateria está en el reino del INCOGNOSCIBLE, algo que está fuera de nuestro alcance, aún como simple pensamiento. Y que la materia es el reino conocido, la CREACIÓN.
Convengamos en que si establecemos una primera causa creada, deberemos justificar la aparición de una causa previa que la origina, y así sucesivamente, de manera tal que esta forma de pensar nos lleva a una paradoja.
Sin embargo, nos hemos acostumbrado a pensar que lo material tiene que, necesariamente, surgir de
algo anterior y, generalmente, eso anterior suele ser “la nada”.
Materia y antimateria como opuestos universales pueden producirse mutuamente, componiendo ciclos de manifestación y absorción cósmicas. Son, en todo caso, causas una de la otra.
El todo no puede surgir de la nada y, si lo pensamos, “la nada” no existe, es un inconcebible para la vida.
La idea gnóstica de que la materia es creada a espaldas del Incognoscible (el verdadero dios) y que,
por lo tanto es “mala”, es una exageración, desde mi punto de vista; sin embargo tiene un punto curioso que hay que considerar.
Universo increado o espiritual no equivale a antimateria. Mas bien, materia y antimateria son las
dos formas en que el universo increado se manifiesta.
El universo increado Es, tiene “seidad” propia, es el cuerpo y la mente del Incognoscible, de la Divinidad, si queremos darle un aspecto metafísico, de donde surgen las mónadas, los espíritus increados.
En este universo no existe la muerte, sino ciclos que se cumplen dentro del marco de la eternidad.
En tanto el universo creado es la porción del universo que fue expropiada por las especies que
quisieron imponerse a sí mismas como dioses y llevar adelante un cosmos con reglas diferentes.
No son parte de la gran dualidad, sino una realidad tangencial, parcial, que, lamentablemente, atrapó en sus entrañas a muchos espíritus increados. Esta realidad tangencial elaboró contenedores de
carne y hueso y “almas”, que son contenedores energéticos capaces de mantener ligado a un espíritu
que le sirve de “batería”.
La especies que elaboraron esta aberración eran expertos en genética y poseían la tecnología para crear esas “almas”. De hecho, en la tecnología actual existe esa capacidad, desarrollada para que algunos humanos elegidos puedan habitar unidades ciberbionicas, cuando sus cuerpos estén muy deteriorados. Los egipcios de antaño, igual que los sumerios, poseían, a través de sus gobernantes annunakis, el conocimiento para trasladar las almas de un cuerpo a otro.
El proceso de reencarnación no es, en realidad, un “proceso natural”, el alma del muerto es llevada con
engaños a ocupar otro cuerpo, mientras se juega con su memoria, con tecnología que estos individuos manejan.
Pero aquí se presenta el primer escollo de nuestra concepción universal: la creencia de que el universo debió haber sido creado. Y a eso agregamos: “por alguien“. Es decir: tenemos evidencia de que hay una CREACION, o, para ser más exactos, una “entidad universal” en expansión que tiene la capacidad de
producir vida. Pero la persona del creador es algo que hemos agregado nosotros… o alguien más.
Fragmento de Þekkingu por Juan Laborde
