Mi padrino Alberto fue quien me llevaba a ver fútbol, pues papá detestaba ese deporte. Alberto era del Racing Club, así que yo también. Lo quería porque era buena persona y me había enseñado a jugar ajedrez. Y jugaba conmigo muchas tardes. Se volvió una pasión para mi. Pero volvamos al fútbol.

En realidad me llevó al estadio sólo dos veces y Racing era un equipo con hinchas tranquilos, pero de todas maneras mi pasión jamás se encendió por ver a veintidós tipos corriendo detrás de una pelota. Por más que algunos de ellos mostraban gran habilidad, en general el juego era muy aburrido.
El ajedrez era diferente, porque exigía estrategia y velocidad mental y se jugaba individualmente. Así que me convertí en un buen jugador.
También jugué fútbol, basketball, béisbol, jockey sobre rollers y rugby, tratando de hallarles el gusto, pero evidentemente, los deportes de equipo no eran para mi. Y definitivamente, compartirlos en estadios con personas enajenadas no me atraía para nada. Dejé de jugar fútbol cuando comprobé que la falta (fault) era parte del jugar bien y que salía de los enfrentamientos con las piernas y los costados llenos de moretones.
Y así fue que, poco a poco, fui alejándome de esta pasiones populares y adentrándome, cada día más, en las artes marciales.

El taekwondo (en aquella época se practicaba junto con el kumdo y el hapkido en una sola disciplina) era un deporte de alta perfomance que exigía y exige, un gran dominio físico y concentración mental.
Pero también sentí necesidad de complementar mis prácticas con kenjutsu (esgrima japonesa), kyudo (arquería japonesa) y jiujitsu, en algunas de las cuales logre graduaciones altas, por encima del cinturón negro.
A mis 65 años de edad, me alegro de haber desdeñado los juegos de pelota, para dedicarme profesionalmente a la práctica y enseñanza de las artes marciales, durante toda mi vida.
Y considero una pena que las universidades y colegios del

mundo, excepto las orientales, no tengan equipos de artes tan honorables como la esgrima japonesa (iaido, kenjutsu y kendo) y las de pugilato y lucha (karate, jiujitsu, hapkido y taekwondo), que darían a nuestros jóvenes una perspectiva de vida basada en el sacrificio, el respeto y la honorabilidad.
Las personas que han practicado en forma asidua estas artes son, en general, pacíficas, seguras de sí mismas y poseen una voluntad férrea que las asiste para que logren sus objetivos en la vida. He visto en varias ocasiones a jovencitas débiles e inseguras transformarse en mujeres fuertes y de carácter, gracias a su ejercitación en el dojo.
Contrariamente a lo que es costumbre en un centro de artes marciales, los ambientes de fútbol se caracterizan por su agresividad y malas costumbres, soportando “estrellas” que ganan cantidades inmorales de dinero y que no son ejemplo positivo para nadie.

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